El casino ya no exige atravesar una puerta ni trasladarse hasta un lugar reservado para adultos. Está disponible durante las 24 horas en el mismo dispositivo que los adolescentes usan para conversar, estudiar, jugar y mirar videos. Una apuesta puede hacerse en pocos segundos y sin abandonar el dormitorio, el aula o una reunión con amigos.

La facilidad de acceso, sin embargo, explica solo una parte de este fenómeno. Detrás de las plataformas funcionan sistemas diseñados para extender el tiempo de permanencia y provocar el regreso del usuario: notificaciones, premios, puntos, estímulos personalizados y recomendaciones elaboradas a partir de sus datos de comportamiento.

“Faltaban U$S150.000”: el caso que muestra hasta dónde pueden escalar las apuestas online

Augusto Salvatto, politólogo especializado en innovación y transformación digital, explicó en diálogo con LA GACETA que el crecimiento de las apuestas online surge de la convergencia entre dos procesos: el aumento del tiempo frente a las pantallas y la expansión de los llamados “algoritmos de retención”. Esos mecanismos no son exclusivos del juego: también aparecen en redes sociales, plataformas de streaming, videojuegos y aplicaciones comerciales.

Su finalidad y sus efectos, no obstante, pueden ser muy diferentes. En las apuestas online, la gamificación y la hiperpersonalización reducen las barreras para ingresar, permanecer y volver a jugar. Por eso, advirtió Salvatto, no alcanza con atribuir el problema a una supuesta falta de voluntad del usuario.

El especialista planteó que existen herramientas de bienestar digital para introducir límites, pero sostuvo que las empresas también deben asumir responsabilidades. Entre las medidas posibles mencionó la verificación efectiva de la edad, la autorización de los padres cuando se trata de menores y un mayor control de la publicidad. Este es el diálogo que tuvo con este diario:

—¿Cómo explicás que las apuestas digitales lleguen cada vez más temprano a adolescentes, preadolescentes y niños?

Estamos viendo dos fenómenos que se producen al mismo tiempo. Uno tiene que ver con el mayor consumo de pantallas, es decir, con el aumento del tiempo de permanencia en redes sociales y otras plataformas. El otro es la utilización de diferentes algoritmos de retención, diseñados para mantenernos dentro de una red social, una plataforma de streaming o un sitio de apuestas online.

Argentina ganó, pero ellos rompieron cosas: cómo las apuestas alteraron la experiencia del Mundial

Por el aumento del tiempo frente a las pantallas existen más elementos que pueden capturar nuestra atención o generar entretenimiento. Al mismo tiempo, aquello que antes presentaba muchas fricciones —como ingresar a un casino, un bingo o un sitio de apuestas— hoy lo tenemos en el bolsillo y con una disponibilidad muy sencilla.

La combinación de ambos procesos genera un crecimiento enorme del fenómeno. Desde el lugar del usuario se observa con mucha preocupación, pero, visto desde el lado empresarial, se convierte en un negocio muy rentable.

—¿Qué características del diseño de estas aplicaciones invitan a permanecer conectado y volver a jugar?

Estas plataformas (y acá no debemos pensar solamente en casinos online o sitios de apuestas, sino también en redes sociales y videojuegos) funcionan bajo la lógica de los algoritmos de retención. Esos algoritmos se apoyan en las ciencias del comportamiento, una disciplina que intenta comprender la conducta humana y cómo favorecer determinadas acciones mediante pequeños “hackeos” de la mente.

Uno de los recursos más estudiados son los mecanismos de recompensa. Aparece, por ejemplo, la gamificación: si jugás un rato más recibís puntos; si ingresás todos los días obtenés un premio, o te mandan una notificación para recordarte que hace mucho no entrás.

ANÁLISIS. Augusto Salvatto explicó que el crecimiento de las apuestas online surge de la convergencia entre dos procesos: el aumento del tiempo frente a las pantallas y la expansión de los llamados “algoritmos de retención”. CAPTURA DE VIDEO

Todo eso puede utilizarse con una finalidad positiva. Existen plataformas para aprender idiomas que te avisan que hace tiempo no practicás. Pero los mismos mecanismos también pueden usarse para mantener a una persona jugando o realizando apuestas.

Apuestas ilegales: cómo operan los “cajeros” y por qué las páginas reaparecen tras los bloqueos

A eso se suma un fenómeno más subyacente: la hiperpersonalización. En las plataformas que utilizamos diariamente recibimos recomendaciones y notificaciones pensadas específicamente para nosotros. Se construyen mediante inteligencia artificial, a partir de nuestros datos de comportamiento y de los de personas similares.

Esa personalización puede servir para ofrecernos un electrodoméstico que necesitamos, pero también reduce cada vez más las fricciones. En determinados contextos, representa un uso de la tecnología cuya ética resulta cuestionable.

—¿Qué herramientas tecnológicas pueden ayudar a desactivar esos estímulos?

Existe una disciplina conocida como bienestar digital, que comenzó a desarrollarse hace aproximadamente una década. Busca que podamos construir una relación más sana con los dispositivos que utilizamos todos los días.

Estas herramientas intentan darle una especie de empujón a la voluntad personal. Hay que entender que, si una persona no puede desprenderse del teléfono, usa cualquier momento libre para mirar reels o empieza a jugar antes de dormir y sigue hasta las tres de la mañana, no se trata únicamente de voluntad. No alcanza con decirle: “Dejá el teléfono y listo”, porque todas estas plataformas están diseñadas para generar adicción.

Existen aplicaciones que permiten limitar el tiempo de uso. Uno puede establecer que solo quiere ingresar durante 25 minutos, media hora o una hora por día y, cuando se cumple ese plazo, la herramienta se bloquea.

El Mundial 2026 impulsó las apuestas y aumentó los intentos de acceso de adolescentes

También empiezan a aparecer comunidades que desarrollan dispositivos físicos vinculados al teléfono. Mientras están conectados, restringen el acceso a reels, juegos u otros contenidos. Investigar técnicas de bienestar digital y utilizar alguna de estas aplicaciones puede ayudar a fortalecer esa voluntad.

—¿Qué papel tienen los influencers, los creadores de contenido y las transmisiones deportivas en la naturalización de las apuestas?

Es un tema muy delicado porque se trata de un negocio extremadamente rentable. Hay influencers que, por problemas que observaron en otros casos o por una cuestión de ética personal, decidieron no aceptar publicidad de estas empresas.

También existen antecedentes de clubes de fútbol que resolvieron no promocionar bebidas alcohólicas o cigarrillos. Por un lado, podemos confiar en la voluntad individual, pero también es necesario pensar en una regulación, como ocurrió con esos otros productos.

El problema es que estas compañías, al manejar mucho dinero, también tienen una gran capacidad de lobby. Por eso es importante empezar a tomar conciencia sobre cómo funcionan las herramientas y comprender que muchas veces el problema está en su diseño. Mientras llega una regulación —que probablemente demorará—, también debemos trabajar en un uso más responsable de las plataformas.

—¿Es posible que las propias plataformas introduzcan controles para reducir esos efectos?

Sí. Es algo que se está pensando y, desde el punto de vista tecnológico, resulta muy sencillo de implementar. El problema es que nadie quiere renunciar a una ventaja competitiva.

Hay una línea muy fina. Supongamos que tengo una tienda de electrodomésticos y quiero enviar recomendaciones personalizadas o desarrollar un programa mediante el cual los clientes sumen puntos con cada compra. También estaría apelando a mecanismos basados en las ciencias del comportamiento para generar una conducta vinculada con la compra de productos.

En una plataforma de apuestas se utilizan los mismos mecanismos tecnológicos, pero con una finalidad que puede resultar mucho más nociva. Por eso, muchas veces no corresponde regular la tecnología en sí misma, sino sus consecuencias y las actividades específicas en las que se aplica. En este caso, el juego y las apuestas.

"De 10 compañeros, seis o siete apostaron": la alarmante cifra que disparó el Mundial en los colegios tucumanos

También se están borrando las fronteras entre el juego y la apuesta. Un videojuego puede incorporar monedas que se obtienen jugando, que luego se cambian por productos y que finalmente pueden intercambiarse por otras cosas. Quizá no sea una apuesta en sentido estricto, pero reproduce un comportamiento adictivo relacionado con el consumo o el gasto de dinero.

—¿Qué dice este fenómeno sobre el momento histórico que atravesamos?

Entre 2007 y 2010 se produjo un punto de inflexión con la aparición del teléfono inteligente. Fue una tecnología que modificó nuestra relación con el entorno, pero ese cambio pasó bastante inadvertido.

Si trajéramos a alguien de 2006 hasta 2026, probablemente no podría creer que todos tenemos un teléfono inteligente en la mano y hacemos prácticamente todo con él. Los seres humanos comenzamos a relacionarnos y consumir contenidos a través de una pantalla.

Eso generó muchas consecuencias, entre ellas una hiperindividualización y cierto aislamiento respecto de nuestro entorno. Las redes sociales también transformaron profundamente la forma en la que consumimos información.

La llegada del teléfono inteligente cambió radicalmente numerosos aspectos de la vida cotidiana sin que termináramos de advertirlo. Durante los últimos 20 años, como sociedad —no me refiero a una familia ni a un gobierno en particular—, incorporamos una tecnología muy poderosa de manera irresponsable. Si repetimos esa conducta frente a otras herramientas, como la inteligencia artificial, probablemente volvamos a cometer los mismos errores.

—¿Qué buenas prácticas deberían adoptar las familias?

Jonathan Haidt, autor de La generación ansiosa, diferencia aquello que pueden hacer individualmente los padres de las decisiones que necesariamente deben trabajarse de manera colectiva. La edad en la que un hijo recibe un teléfono no depende exclusivamente de una familia, sino también del entorno en el que se mueve.

Si un chico no tiene teléfono mientras el 90% de sus compañeros sí lo tiene, puede quedar afuera de muchas prácticas y quizá intente conseguir uno a escondidas. Resulta muy difícil tapar el sol con la mano. Por eso es importante construir círculos y comunidades educativas en las que las familias compartan determinados criterios y valores.

Después existen decisiones graduales sobre la edad en la que permitimos el contacto con las pantallas y, especialmente, su utilización autónoma. No es lo mismo que un chico mire una película acompañado por sus padres a que pase toda una cena jugando con una tablet.

Los especialistas suelen recomendar que durante los primeros años se retrase lo máximo posible esa exposición. El mismo criterio puede aplicarse al teléfono y, con mayor razón, a las redes sociales.

Cuando alguien ingresa en una red social no solo accede a contenidos que sus padres difícilmente pueden controlar. También queda expuesto a algoritmos que generan recompensas, dopamina y placer a partir del desplazamiento constante por la pantalla. En una persona cuyo desarrollo cognitivo todavía no está completo, eso puede tener consecuencias importantes.

—Si pensamos en la Argentina, ¿qué sería posible regular y cuál sería el escenario ideal?

La regulación presenta un problema enorme: estas plataformas son globales y las decisiones no dependen exclusivamente de un país. Por eso resulta difícil que la Argentina pueda regular de manera general el funcionamiento de las redes sociales.

Sin embargo, existen medidas más posibles. Una consiste en obligar a las compañías a cumplir sus propias normas, por ejemplo, verificando la edad de quienes ingresan. Muchas plataformas establecen edades mínimas, pero después no controlan efectivamente si se respetan.

“Se van vendiendo cosas a escondidas”: la impactante revelación de alumnos tucumanos sobre las apuestas online

También hay aspectos específicos, como la publicidad, que resultan mucho más regulables y controlables, aunque sea necesario enfrentar la capacidad de lobby de las empresas. Quizá no sea posible regular toda la tecnología, pero sí algunas de sus consecuencias.

Esto no debería llevarnos a desarrollar una mirada negativa sobre la tecnología o la inteligencia artificial. Quien quiera actuar de manera poco ética para obtener un beneficio económico puede hacerlo con diferentes herramientas. La misma tecnología también permite crear cosas maravillosas.

—¿Qué obligaciones concretas deberían asumir las empresas?

Algunas medidas ya comenzaron a implementarse. Por ejemplo, las notificaciones y los permisos no siempre se activan por defecto, sino que el usuario debe autorizarlos. Esa es una primera fricción y está bien que exista.

Sin embargo, lo principal es el control de la edad. Cuando se trata de un menor, debería requerirse una autorización expresa de sus padres, de la misma manera que ocurre cuando quiere abrir una cuenta bancaria o realizar determinados trámites.

Un adolescente de 16 o 17 años necesita la autorización de sus padres para sacar el registro de conducir. Debería existir un mecanismo similar para acceder a las redes sociales y construir una presencia digital.

—¿Hay alguna otra cuestión que consideres importante destacar?

A veces, echarle la culpa a la tecnología es un atajo. Demonizar herramientas como la inteligencia artificial alimenta una mirada cada vez más negativa y hace que se pierdan de vista sus aplicaciones beneficiosas.

Estas tecnologías pueden aportar soluciones muy interesantes para la salud, la investigación científica y la eficiencia de empresas que buscan crecer o exportar. Muchas veces se destacan mucho más sus aspectos negativos, cuando la discusión debería centrarse en cómo, para qué y bajo qué límites se utilizan.

Esta entrevista forma parte de una producción especial de LA GACETA sobre el crecimiento de las apuestas online entre menores, sus formas de acceso, sus consecuencias y las responsabilidades de las familias, las escuelas, el Estado y las empresas del sector.